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El cazador y la presa

Perro a caballoLos caballos son una especia presa, de gran peso, y los humanos somos una especia depredadora, o sea, unos animales habilitados por la naturaleza para la caza y el consumo de otras especias animales, además de poder alimentarnos de vegetales. No todos practicamos la caza, ni consumimos carne, pero sí todos tenemos un comportamiento innato de predador, que es percibido como peligro potencial por cualquier animal de una especie presa - ¡naturalmente! - hasta que le convencemos del contrario. Convencer a un caballo que no le vemos como presa, ni - por su tamaño - como un monstruo, es ganar su confianza, y nos ayudan en esa empresa las características naturales que tenemos en común con los caballos, y otras que nos distinguen de ellos.

Semejanzas y diferencias

Compartimos con los caballos la sociabilidad, y la curiosidad. De las muchísimas especias potencialmente útiles para los humanos, el caballo es una de las relativamente pocas que han sido domesticado. La curiosidad innata del caballo ha probablemente superado al miedo, acercándole a los humanos prehistóricos, unos curiosos primates sumamente sociales quienes consiguieron engañar al caballo a acompañarles en su propia domesticación.

De las características que nos distinguen de los caballos, destaca la imaginación, que nos permite extrapolar de nuestras observaciones una versión virtual de cómo el caballo puede percibir el mundo. Mientras el caballo tiene altamente desarrollados la vista, el oído, el olfato, y la detección de infinitesimales movimientos y cambios de postura, además de una inteligencia espacial imbatible, los humanos tenemos una alta capacidad de aprender lenguajes ajenos, y de estudiar y analizar comportamientos muy distintos que los nuestros.

Por fin, somos manipuladores naturales por excelencia, física, mental y socialmente.

Tomando las riendas

A ver quién mandaTodo eso nos habilita para influir en el comportamiento de un caballo, pero no determina la actitud hacia el caballo, ni la manera de tratar con él. Si, por ejemplo, tomamos una actitud competitiva y dominadora, que nos resulta fácil dado nuestro sentido innato de competición (y quizá ¿intenta disimular el miedo que tenemos del animal, por no comprenderle lo suficiente?) el caballo nos respetara sobre todo por miedo.

Si, en cambio, optamos por dedicar nuestra inteligencia y poder analítico a comprender el caballo para luego influir en su comportamiento, tenemos más posibilidades que haga lo que pedimos con satisfacción. Además de alimentar y alojarle, le podemos ofrecer seguridad contra los peligros de la naturaleza, y confianza en el mundo humano - ¡el depredador se convierte en pastor!

La paradoja del deporte

Es paradójico que en los deportes ecuestres, se emplea una raza de animal esencialmente no competitiva ¡para competir! Correr, saltar, torear, hacer la gimnasia de la doma clásica, y las demás disciplinas se practican para superar pruebas y ganar en la competición entre humanos. Los perros son animales competitivos, agresivos, luchadores. Si podrían llevarnos en su lomo, ¡serían los compañeros perfectos para esos deportes!

En la naturaleza, los caballos corren, saltan y se dan aires, en ocasiones y siempre en tiempos que se cuentan entre segundos y minutos. Corren para huir cuando sea preciso, y de vez en cuando para jugar. Saltan un obstáculo bajo cuando sea inevitable. Bailan en el cortejo. En todas esas actividades, los individuos coordinan sus movimientos para que la manada actué como uno.

Las disputas entre caballos surgen en los entornos artificiales, caracterizados por el espacio restringido y la alimentación discontinua e individual.

El límite natural

No hay deporte sin esfuerzo, y siempre hay un nivel aceptable de estrés. Además, hay razas adecuadamente seleccionadas para ciertas disciplinas, y por cierto caballos individuos excepcionalmente contentos y brillantes en su deporte. Sin embargo, para tener éxito en el mundo humano altamente competitivo, el grado de distorsión de su naturaleza que sufre el caballo supone en gran medida sacrificarlo. Todos los caballos beneficiaran de la doma natural, pero el sufrimiento que es consecuencia de la competitividad humana, con ella sólo será paliada.